
Amman es una ciudad grande, blanca y gris. Asentada sobre colinas, se puede decir que está haciéndose, o a medio hacer. Numerosos solares vacíos se combinan con edificios modernos, y austeros, correctos unos, mediocres otros. Aquí la única ordenanza municipal parece ser el revestimiento a base de piedra caliza del lugar, lo que le da el tono blanquecino uniforme.
Los edificios, ya sean residenciales o de otros usos, ocupan un espacio algo anárquico. Si bien las calles están trazadas – a la típica forma árabe, sinuosa, pero trazadas al fin y al cabo- , el edificio se asienta cómo y dónde le da la gana dentro del solar y de la manzana. De esta forma, quedan numerosos huecos “a rellenar”, por donde crece la maleza a su libre albedrío. No hay plazas ni apenas jardines donde puedan disfrutar los peatones. Muy pocas calles están arboladas. En muchos casos, por su gran pendiente, resultan incómodas; las aceras a veces tienen hasta una altura de 50 cm respecto a la calzada; otras veces no existen.
¡No hay semáforos! Apenas algún tímido y despintado paso cebra en los cruces importantes. Los coches, cuantiosos, se disparan por las modernas y anchas avenidas; cruzarlas es jugarse el tipo. La gente no reconoce el nombre de las calles, sus únicas referencias son las rotondas de la gran avenida principal (First Circle, Second Circle etc).
Todo lo anterior referido a la ciudad moderna, siglos XX-XXI.